Adiós, Profesor...

 

16 de Febrero, 2016

Pabellón 8. Calor abrazador. Son las 15 horas. Frente a su celda, para aprovechar el poco aire que circula, Carlos Antonio Españadero plasma en un escrito sus ideas y proyectos. Llega un celador y lo sorprende anoticiándolo que se le ha concedido la Prisión Domiciliaria. En una hora será trasladado. Para el allí, terminó el ahogo y la monótona rutina. Envía el aviso a diferentes prisioneros entre los cuales me encuentro y comienza con sus febriles preparativos recogiendo y embalando todas sus posesiones. Me acerco a su Pabellón -distante a unos ochenta metros del mío, lo abrazo y con René Langlois -también presente- vamos a buscar una camilla a la enfermería. No, nadie sufrió percance alguno. Es lo que usualmente utilizamos para transportar las pertenencias hasta la puerta de salida cada vez que alguien abandona la prisión. Quizás algún día habrá un carretón para este menester.

 

Retorno a los seres queridos

Frente a su celda, aguardo sintiendo una gran alegría por él, ya que se reunirá con sus seres queridos, volviendo a su lugar en el mundo. Al mismo tiempo, me invade la pena. Se terminaron las agradables charlas vespertinas que compartíamos. Por su optimismo y conocimientos era un verdadero recreo para la mente dentro de este antro en el cual nos encontramos encerrados.

 

Amigo

16:30 horas. Españadero finalizó y dos celadores extrajeron la camilla con sus enseres de el sector de seguridad donde nos encontramos. En ese mismo lugar, entre emocionados abrazos de los muchos presentes, me percibo que viste pantalones cortos. El reglamento prohíbe los traslados con los mismos. Deberá cambiarse al pie del vehículo que lo llevará a su hogar, del que nunca debió ser separado.

Lo aplaudimos mientras se alejaba. La vestimenta, una mochila sobre sus espaldas y su alegría le da un aspecto juvenil que se impone sobre sus 84 años de edad y los cabellos color nieve.

Lo reconozco como un analítico y lúcido hombre de bien. Quizás todavía la vida -lejos de aquí- nos brinde la oportunidad de volver a encontrarnos. Me agradaría llegar a ser su amigo.

 

Claudio Kussman

PrisioneroEnArgentina.com