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                         Por Fabian Kussman

 

He tenido una vida agitada por propia conformidad. Mi manera de ser me ha llevado a vivir en diversos puntos geográficos y me he dejado atrapar por situaciones usuales y otras no tanto. Desde pequeño observé el desempeño de Claudio Alejandro Kussman un tanto de reojo. Escapaba a mi comprensión el accionar de ese hombre tan honesto, tan justo, tan merecedor de asombro y respeto. He andado por los alrededores. Desde temprana edad y debido a las libertades otorgadas por este hombre, he sido independiente en torno a elegir mis creencias religiosas, en elegir mis estudios, mis inquietudes políticas, mis prácticas deportivas, mis aventuras románticas, mi conducta social.

En los tiempos del despertar democrático, en los primeros años de los 80s, me inserté en la investigación de ideologías tal vez por curiosidad, tal vez porque todos corrían hacia ese círculo de debates, intercambio de opiniones y apuestas poco acertadas sobre las propuestas de los incontables partidos aspirantes al poder.

Esta tendencia me llevó a recorrer los pasillos de muchos centros cívicos, unidades básicas y demás lugares de concentraciones ideológicas. Es así que me encontré repartiendo zapatillas  y panfletos con los compañeros del Partido Justicialista, libros y volantes con integrantes del Movimiento al Socialismo, comida y folletos con miembros de la Unión del Centro Democrático, arroz y periódicos partidarios con militantes del Frente de Izquierda Popular y calcomanías e impresos con correligionarios de la Unión Cívica Radical.

Tres cosas sucedieron durante ese entonces mientras mi padre y yo nos dejamos caer en los sillones de la sala de estar de su casa, compartiendo una ronda de tazas de café. Una era la apuesta pactada  con Claudio Kussman sobre a cuantas horas antes de las elecciones presidenciales el servicio de desinteresados envíos a domicilio se interrumpiría hasta el próximo plebiscito. La siguiente fue un ping-pong de preguntas y respuestas basado en los interrogantes que teníamos los jóvenes de aquellos tiempos y se centraba en las diferencias y concordancias de las más de veinte organizaciones políticas en aquella contienda electoral, con resultado desierto. La última es privada, muy mía, es decir fue una conversación intestina. Mis compañeros de ronda, peronistas, comunistas, radicales, ucedeístas, socialistas y demás, bien sabiendo la actividad profesional de mi padre, nunca mencionaron su nombre. Nunca levantaron un dedo acusador. Nunca me inquietaron con preguntas. La respuesta esta en la conducta de mi padre como policía. Un tipo justo, de grandes normas éticas y morales, muy conocido por la comunidad.

He sido afortunado en tener muchos amigos y conocidos, quienes a su vez tenían noción de su actividad. La vida adolescente y la escuela de la calle me ha llevado a frecuentar clubes –aquellos en donde todos reconocemos al corredor de apuestas ilegales, al deudor empedernido, al alcohólico impenitente, a quienes vivían al límite de la ley (O la traspasaban de manera plana) a quienes poseían adicciones o a los que habían sido víctimas de pequeños y grandes atropellos-  a concurrir a sindicatos (Donde el verdadero trabajador y el aprovechador se sientan a degustar una bebida) o simples casas de familia (Donde siempre un tío anarquista o un primo renegado brindan lecturas contra las instituciones) El punto es que nadie en mi presencia o a mis espaldas –recordar, muchas amistades leales que me hubieran susurrado algún comentario ofensivo- sacó a la luz el nombre de Claudio A. Kussman. Tal vez no había motivos. Nunca los hubo.