A MI AMIGO,

EL COMISARIO MAYOR CLAUDIO ALEJANDRO KUSSMAN

 

  La parte de nuestras generaciones que embarcaron sus vidas en el camino de la defensa de la nación y en el de la seguridad de nuestra población, durante la trágica vivencia del terrorismo subversivo, ya al final de sus vidas, descubren que estas selecciones, significaron la condena de hoy.

 

   Y ésta nos envuelve en la difamación oprobiosa, disfrazada de procesos jurídicos, distorsionados por la vocación de funcionarios judiciales que impunemente hasta hoy se volcaron al prevaricato como vocación.

 

  El kichnerismo, se autoadjudicó la portación exclusiva de la bandera de los derechos humanos,  y bajo su ideario, tan meritorio desde mediados del siglo XX, encaró un proyecto de exterminio sobre los que estuvimos en esa triste década al servicio de los gobiernos existentes, que no elegimos, cuestión vedada en nuestras carreras, pero que sea el que fuere, debíamos obedecer.

 

  El argumento utilizado, fue la necesidad de castigar a los que cometieron delitos de “lesa humanidad”, que la desidia legislativa no se interesó en reglamentar su interpretación y aplicación a través de las leyes de la nación.

 

  En mi caso, condenado a prisión perpetua, en un acelerado proceso, si tenemos en cuenta los tiempos abusivos que se utilizan en la mayoria de estos procesos, por la desaparición y presunta muerte de un soldado, de cuya existencia supe cuando me imputaron en 2011, es decir 56 años después de que alguien cometió ese delito. Inventaron una testigo, y ella se convirtió en denunciante, testigo, fiscal, y juez, al cual los funcionarios “tomaron a pie juntillas” sus afirmaciones, preocupados por perfeccionarlas.

 

  En ese interín estuve tres veces en la cárcel. Y cosa curiosa, no encontré a los delincuentes de “lesa humanidad” que el kichnerismo y sus seguidores proclamaban.

 

  Encontré personas, asombradas ante la situación que vivían, y en muchos casos, descubrí que muchos de ellos estaban en las mismas condiciones que yo.

 

   A la vez, a los 81 años en ese momento, y a los 84 hoy, convencido que nuevamente me encontraba en una nueva trinchera, para defenderme de un ataque construido con el odio que destila un multiforme marxismo, que se ve exudar en las expresiones injuriosas que aprovechando el poder  otorgado por un regimen totalitario disfrazado de democracia, lo volcaban cobardamente sobre hoy “adulto mayores” que en su mayoria no tenían nada que ver con lo que se inculpaba. 

 

  Como es lógico, el odio no es compatible con los derechos humanos. Estos son convertidos en meros instrumentos, usados con las mentirosas y brutales exteriorizaciones que realizan, para que el verdadero pueblo sea engañado con sus dichos realizados al mejor estilo mafioso, construyendo un muro que no permita a la población real, que conozca la verdad.

 

  Dentro de ese cuadro, conocí a muchos camaradas de todas las fuerzas, militares, marinos, aviadores, gendarmes, prefectos, policías de diversos niveles y jurisdicciones, y descubrí muchos funcionarios, dignos del respeto; que sobrellevaban el resultado del odio exhultante, con incontenible asombro, con una rebelión moral contra la notable injusticia, con soportar un trato propio de delincuentes sin serlo, con ver a sus seres queridos destrozados al verlos sufrir por lo que no hicieron, con nuevas figuras delictivas inventadas como “el delito de opinión” y el “delito de portación de apellido”. Y contemplar un Poder Judicial, que estableciendo una jurisprudencia contra el derecho, convertía en “prueba” la inferencia, la suposición, la difamación, y todo aquello que vulgarmente podríamos calificar de “chismes”.

 

  En general les llevaba a la mayoria – al decir de Ortega Gasset – una generación de diferencia. 

 

  Pero en mi última incursión en la cárcel, en la Unidad Penitencia 31 de Adultos mayores, conocí a numerosos “presos” que también me honraron no solo con su respeto sino hasta con un compa-ñerismo estrecho, tan necesario cuando uno se encuentra en esa “isla del oprobio y la soledad” que es una cárcel.

 

 Sin embargo, sin menoscabar el valor de lo que expongo, conocí al comisario mayor Kussman. Una imponente personalidad, que se fundamentaba en una inteligencia dinámica, una energía propia de un policía, con una trayectoria esencialmente profesional, con una dignidad poco común, incluso en el lugar en que vivíamos. Tuve el gusto muchas tardes de dialogar sobre muchas cosas, y a través de nuestras conversaciones, percibir el hombre responsable, sincero, valiente, profesional, que todos imaginamos en la personalidad de un policia. Y como síntesis, un luchador dispuesto a dar su vida por su causa. También adverti a sus espaldas, el respaldo de una familia pequeña, pero hecha y   conformada mutuamente, en semejanzas similares.

 

  Y me sentí amigo de él. En un lugar como la cárcel, la ausencia de seres queridos, alienta a uno, a pesar de ser selectivo en los calificativos, a descubrir al merecedor de esa distinción.

 

  El 16 de febrero, porv resolución judicial, se resolvió mi prisión domiciliaria. Por supuesto, no es lo que espera un inocente, pero es muchísimo mejor que la cárcel. Y sentí la emoción de muchos compañeros de prisión, que pese a la celeridad con que tuve que abandonar la prisión, sentía la despedida que dadas nuestras edades, pueden ser finales.

 

 El 29 de febrero,me enteré de la decisión de Kussman de iniciar una huelga de hambre. No me alegró su decisión. No solo percibí el posible holocausto de mi amigo, sino con la falta que hace, la existencia de un hombre de bien que mi país y la humanidad, desaprovechaba. 

 

  No soy peronista. Tampoco antiperonista. Pero recuerdo una de las inteligentes afirmaciones que Perón le decia al estimulador del terrorismo que tenía como “delegado personal”[1] cuando queria expulsar a los que no pensaban como él: Para poder retornar necesitamos a todos los que se sumen. Si comenzamos a descartar a los que no son buenos, nos vamos a quedar con muy pocos.

 

  Y esta afirmación es también válida en estos momentos. En nuestro país, parecería que los buenos son muy pocos. Por lo menos vemos que el odio es lo que motiva el apoyo. Y los gobernantes sea por odio, por incapacidad y mucho por cobardía, no ayudan a cuidar lo poco y bueno que tenemos.

 

   Amigo Kussman: como amigo lamento esta huelga de hambre. Temo que la cobardía o la inmoralidad de nuestros gobernantes, no nos permitan buscar alguna respuesta racional. Y no estoy de acuerdo no solo por la amistad que siento, sino porque en sus 70 años está todavía en posibilidad de dar, incluso en el pequeño grupo familiar, en su ejemplar persona para su hijo, en su proyección sobre sus nietos, en la debida reparación hacia una compañera “militante” llena de valentía como Ud.  empeñada en quebrar la indiferencia de una dirigencia cobarde, que encuentra su mejor defensa en ignorar el problema. Y en amigos como yo, que impotente ante la nueva tragedia que puede avizorarse, encerrado entre cuatro paredes, no puede ni siquiera ayudar su suplicio, acompañandolo personalmente en el camino que ha decidido tomar.

 

  Ante esto, no que queda más que gritar a los vientos, que no impiden sobrepasar los muros que nos separan de nuestra población: Están asesinando a un hombre inocente, y recuerden que de esto no se vuelve.

 

  Amigo Kussman un abrazo interminable, que no puede impedir la distancia que nos impone una justicia que abandonó su razón de ser, para ser instrumento del odio emergente de pasiones insanas para nuestra nación.  Y aunque sea a la distancia, como estamos seguros de la fuerza que emerge del espíritu, seguiremos en permanente comunicación.

 

 

                                    Ojalá volvamos a vernos. Pero si no, Díos en su misericordia nos permitirá encontrarnos. CARLOS ANTONIO ESPAÑADERO

 

 

[1]     J. W. Cooke