Tal vez no es lejano el aventurar que el ministro de cultura de la ciudad de Buenos Aires es un hombre que se formó a sí mismo, pero no concluyó. A los 16 años debido a que su padre quedó cesante en su puesto de trabajo, debió interrumpir sus estudios secundarios. Esta interrupción se volvió permanente, pero gracias a la ley que permite a los mayores de treinta años, estudió unos años Abogacía en la Universidad de Palermo sin concluirla.

En enero de este año 2016 y durante la presentación de un libro de Edi Zunino en Pinamar, Darío Lopérfido se otorgó el poder ante el público de hablar sobre el número de desaparecidos durante el gobierno de la última junta militar en Argentina descerrajando que la cifra de treinta mil fue inventada en una mesa de negociación. Por supuesto, las seudo organizaciones de derechos humanos saltaron a la yugular del hasta allí arriesgado funcionario. Luego de esta controversia-contrataque, Lopérfido se perdió tras el telón. Pendiente significa inconcluso, inacabado. Una especie de Ricardo III, pero en su locuacidad.

¿Tiene razón, el ministro? La izquierda argentina homenajea esos guarismos ya que por su autoritarismo no tiene la obligación de cotejarlos. Si bien la Comisión Nacional de Desaparición de Personas había alcanzado un número aproximado a los nueve mil que disminuyó con los años, los argumentos no documentados por las actuales entidades afirman que podría ser incluso superior a treinta mil. Los indecorosos motivos de Hebe de Bonafini, Estela de Carlotto o el cobarde funcionario Juan Cabandié siempre son acompañados por descalificadores adjetivos, sin soporte ligitimado.

Otros razonamientos se solventan que entre los desaparecidos se cuentan aquellos que murieron en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, atentando contra el gobierno (Democrático en la mayoría de los casos) también los que fenecieron por el desconocimiento en la utilización de explosivos y la detonación involuntaria de estos, aquellos que se suicidaron, aquellos que fueron ultimados por los mismos terroristas (Traidores a la agrupación o aquellos que no compartían la idea de los “jóvenes maravillosos” y pretendían dejar la lucha) o los que debieron exiliarse en otros paises como Estados Unidos, Francia, Israel, Holanda, entre otros.

Está bien, es una reiteración de lógicas. Uno o treinta mil ciudadanos desaparecidos son hechos horribles. Pero es horrible, obsceno, utilizar esos desaparecidos que no lo son para llevarse al bolsillo una indemnización que hundirá a un inocente en las profundas cavernas del comatoso Poder Judicial.

En las palabras de Luis Labraña ("Inventamos los 30.000 desaparecidos para que Holanda, Inglaterra y otros países europeos nos otorgaran subsidios, parte de esos iban a las madres y abuelas y el resto se lo robaban en la cadena organizativa") parecerían surgir unas moléculas de esos Caballeros de la Guerra que tanto el General Heriberto Auel habla. La nobleza del vencedor y del derrotado. Labraña pudo haber abrazado una causa que se dedicó a sembrar terror y cosechar dinero mal habido durante doce años, pero optó por la verdad histórica. Algo que prefirió no hacer el Macrismo al despegarse de las palabras de Lopérfido. Este se disculpó por decir lo que considera la realidad y por haber ejercitado su derecho a la libertad de expresión. Y de allí en más, el silencio, preocupantemente calmo silencio. ¿Es este el país en donde es más importante conservar su puesto de trabajo que inmortalizar la integridad?

 

Fabian Kussman

PrisioneroEnArgentina.com

Julio 02, 2016

Darío Lopérfido,

el hombre pendiente