Con las horas contadas

 

El gran defecto del doctor Ibáñez y el gran defecto del señor Kussman

 

Argentina es un país de fútbol. Cuando el doctor Gerardo Ibáñez aceptó a su cliente, tomó las riendas de un equipo prácticamente descendido, al cual le convertían goles en fuera de juego y le cobraban penales en contra inexistentes. En el minuto noventa, el abogado tomó el balón y se dispuso a ejecutar un penal que separaba la justicia, de la calumnia. La razón, del descontrol. La vida, de la muerte.

 

La mañana del 21 de abril del año 2016 fue diferente. Durante todos los meses de detención indebida, el teléfono de mi casa en Orange County, Florida vibraba con una precisión británica a las seis. Ese día, Las manecillas corrieron sin control y cada pensamiento negativo posible pasó por mi mente hasta que cuarenta minutos después las palabras de mi padre retumbaron diciendo presente. “Aún estoy vivo” decía esa voz que supo ser fresca y firme pero que ahora era pausada, extremadamente pausada, aunque lanzara frases tragicómicas. Su poder cognitivo le permitía abordar y analizar un abanico de posibilidades sobre su situación, pero ese extraño respirar me avisaba que este podría ser el principio del fin, las horas terminales, el último aliento.

 

Ese día, unas horas después aterrizaban en Bahía Blanca los abogados Gerardo Ibáñez y Carmen María Ibáñez con incontables fojas entre sus manos como armas para enfrentarse a lo desconocido. El hombre había seguido en su vida profesional las bases de Alfonso María de Ligorio, pero las tribulaciones tatuadas en su rostro y la presión que habitaba en su pecho era ocasionada por el quebrantamiento de una fría y tácita regla de todo profesional del Derecho: No trabar amistad con sus defendidos.

 

El tiempo se detuvo a las diez de la mañana. La imposibilidad de comunicarse con el denominado hospital (De alguna manera hay que llamarlo) donde se encontraba detenido Claudio Kussman despierta preguntas y sospechas. Este hombre que se debatía entre la supervivencia y la sepultura, permanecía tranquilo. Tan tranquilo que en estos momentos de alta tensión había espaciado sus llamados. “No hay más calma que la engendrada por la razón” decía Séneca.

 

La audiencia fue curiosamente más corta de lo que había conjeturado. Al cargamento de documentos que como catarata salvaje el doctor Ibáñez arrojó a los jueces de la Cámara de Apelaciones, le adhirió su alegato. El equipo de abogados siempre jugó exhibiendo sus cartas. Ante una justicia regular, un par de ellas hubiera bastado. Los setenta años de edad es suficiente para conquistar el “beneficio” que dicta la ley. Continuó desplegando las mismas -entre un inquietante y poderoso “Amicus Curiae” que llegaba desde las mismas entrañas de la Procuración Penitenciaria de la Nación, vibraba el programa del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos con sus pulseras electrónicas para detenidos en prisión domiciliaria. En su experiencia con la juez a quo Mirta Susana Filipuzzi, la magistrada que denegara el pedido de arresto domiciliario unas semanas antes, Gerardo Ibáñez había escuchado frases como: “Sigo el criterio de los jueces…” o “No es mi culpa, casi no he tenido tiempo…” por lo que, si bien ahora esperaba lo mejor, estaba preparado para lo peor. Mi pobre interpretación refleja que los letrados se dispusieron a sacar los espejitos de colores para cambiar con los nativos. Estaban dispuestos a arrojar por la borda la institución falsa del requisito de poseer setenta o más años Y problemas terminales de salud, ofreciendo el ahora famoso esquema de brazaletes electrónicos para no quedar desapegados a las notorias inflexiones tan manipuladas por tribunales tendenciosos. Ibáñez pisó fuerte ante el conflicto, transformó la angustia en energía y creció disipando la neblina que reina en las cortes argentinas.

Honrando la verdad, la doctora Carmen María Ibáñez es el lazo perfecto de comunicación. Asocio su juventud con los conocimientos de avances tecnológicos, pero en el instante de la actuación se encontraba con su padre. Gerardo Ibáñez es multifuncional, pero en ese momento sus dedos parecían no encontrar la ruta adecuada hacia el teclado telefónico. El aeropuerto Comandante Espora descansa sobre la cima adornada por viviendas de ese hoyo en el mundo que es Bahía Blanca. Durante esos doce kilómetros que separan a la ciudad de la terminal aérea, los Ibáñez corroyeron sus huellas dactilares presionando la pantalla de sus Smart phones. Cuando la comunicación se produjo, ambos subían las escalinatas del avión de aerolíneas argentinas que los devolverá a la Capital Federal.

-Hay que comunicarse urgente con Claudio -dijo la agitada voz del letrado, aquel que no solo luchaba por los derechos de su cliente o por defender a esa muralla de dignidad, sino por salvar una vida humana.

La comunicación era entrecortada. No podía ser de otra manera. La congoja, otra vez la congoja. Treinta y cinco pasos separan mi estudio de la sala de estar en mi casa. Me descalcé para no gastar la dura loza mejicana. Al observar que ya cavaba un surco en mi caminata, intenté hacer algo más productivo ¿La duración del vuelo? Setenta y cuatro minutos. ¿Cuántos kilómetros separan a ambas ciudades? Seiscientos treinta y cuatro. ¿Cuánto es eso en millas? Trescientas noventa y cinco. ¿Qué líneas aéreas hacen ese recorrido? ¿Cuánto cuesta un pasaje? ¿Cuánto cuesta un avión? Ochenta minutos y tres pares de calcetines más tarde, Gerardo Ibáñez arribó a Aeroparque y finalmente completó su oración.

-Nos fue bastante bien -afirmó, dejando puntos suspensivos -Ellos ven con buenos ojos que Claudio haya suspendido la huelga de hambre por el día de hoy. De esa manera no queda como una extorsión y les permite decidir libremente. El tema es que tiene que comunicarlo en el Hospital Penitenciario y aceptar la comida, así pueden verificar que realmente la está interrumpiendo.

El hospital penitenciario solo tiene una línea telefónica de salida. Si un interno colapsa durante el día, es posible que pueda avisar a sus familiares gracias a las buenas acciones de otro interno que posea número de estos. Si colapsa durante la noche, es posible que algún integrante del personal de enfermería encuentre un cuerpo inerte a la mañana siguiente. Si alguien hace el intento y solicita que se le envíe un mensaje al prisionero/paciente, una voz poco amigable responderá con preguntas y colgará el auricular. Se siente el vacío, aunque esta misma sensación despierta energía. El reloj no se detiene. El aire es irrespirable y no hay colores a mi alrededor. A través de Skype veo a mi madre con dos teléfonos, dos llamadas, con distintos tonos de voz. También se aprestaba a enviar señales de humo. En diez minutos se puso en movimiento una cadena de amigos que a través de una red de conocidos de conocidos pudieron infiltrar un mensaje para Claudio Kussman. Otros diez minutos transcurrieron hasta que se produjo el intercambio verbal.

-Puede ser que te comuniques más a menudo? Más en un día como hoy -dije sintiéndome un estúpido al saber la respuesta con antelación. En las situaciones más difíciles, nunca vi a mi padre perdiendo el control. Ni cuando se enteró de la fabricación de su causa, ni cuando logró desnudar las mentiras de la “justicia” y no ser escuchado, ni cuando cierta adversidad lo supo rozar en el pasado. ¿Qué pretendería yo?

El “Team” Ibáñez estaba a la expectativa. En treinta días, el jurisconsulto no había podido convencer a su cliente de detener la huelga de hambre y medicamentos para actuar profesionalmente con más tiempo y tranquilidad. En treinta días no había podido convencer a su amigo de detener el ayuno para salvar su vida. La dupla de legisperitos recibió mi mensaje de texto y transmitieron la noticia a los jueces.

En el abril de nuestros días, los calores en Central Florida se tornan tropicales pero el frío en las venas es universal y no acepta daños climáticos. Me apoyé contra el imaginario tronco de un árbol y pensé que los amenazantes nubarrones de la tormenta de primavera relajarían mis músculos atornillados. No había tiempo para escenas de melosas telenovelas. Volví mi estudio y descubrí que mi madre -sorprendida, golpeada pero paciente- aún esperaba el desenlace de estas corridas desde el otro lado de la pantalla. En medio del remolino de la angustia, fue refrescante el echarnos una carcajada.  

 

Luego de relatar cómo conoció a su esposa, el nacimiento de sus hijos o la llegada de nuevos miembros a su familia, este hubo de ser uno de los llamados más reconfortantes y auto-tranquilizantes que Gerardo Ibáñez debió efectuar. Cuando el sol del 21 se estaba apagando, me confirmó que los jueces habían llegado a una resolución y esta había sido en favor de su cliente.

Soy -para mi padre- el primer llamado de la madrugada, varios durante el día y el último enlace una vez entrada la noche. Esa tarde -justamente esa tarde- el Prisionero Ilegalmente arrestado no llamaba. Fue su esposa la encargada de darle las buenas nuevas por lo que, al hablar con él, ya sabía su nuevo destino.

-Está todo preparado para que te empiecen a manipular en casa -dije, tan fuera de lugar, que casi vuelvo atrás con mis palabras (No realmente…)

-Si -dijo sin dudar -Si veo que es así… como voy a extrañar la cárcel…

 

Lo imagino débil, pero con la frente alta y no dejando ver sus síntomas de dolor o comentando sobre su nublada visión. Luego de treinta y un días, el prisionero ilegalmente arrestado probó un bocado. Un platillo a base de algo semejante a unos pálidos fideos de harina, aderezados con salsa de engrudo para empapelados y unas hierbas que podría haber sido espinaca o bien pasto robado de los jardines de Quilmes. “Debería haber continuado con el ayuno” pensó, arrojando el resto de la obra culinaria a un cesto de basura, sin sentir culpa. Ni los niños en Biafra se hubieran acercado.

 

Los abogados sabían que la tranquilidad de la noche era muy poca recompensa ante tanto sufrimiento. Se lo dijeron mil veces: “Las relaciones con los representados deben ser impersonales”. Tal vez, ese era el motor de la perseverancia de la que hoy -una vez conocido el veredicto- muchos de sus colegas preconizan. Gerardo Ibáñez se dejó caer en el sillón de su despacho. Ahora respiraba mejor. Miró a su hija quien -agotada- le devolvió una sonrisa de tarea cumplida. Abogados si, que se sentían como un escuadrón de rescate en el medio del fuego y contrafuego en las selvas de Camboya.

 

Fabian Kussman

PrisioneroEnArgentina.com