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¿Hasta cuándo, Francisco?

Por Juan Manuel Otero

La verdad es que me tienen cansado los políticos, funcionarios, periodistas, opinólogos y todo aquél que pretende explicar los desprecios y aprecios de Francisco basándolos en la infinita piedad que emana de su persona.

No se privó de bendecir a corruptos como nuestros funcionarios del gobierno anterior, a ladrones y arribistas como los legisladores y militantes de La Cámpora, a perversas como Milagro Sala, a defecadoras seriales de altares como Hebe de Bonafini quien finge un dolor que no tiene por sus hijos “desaparecidos”, llorando en el hombro de Francisco quien la recibe emocionado y solidario y la lista sería de nunca acabar. A todos los recibió con el afecto que nos mostraron las noticias, a todos prodigó besos y abrazos, así como palabras de aliento y comprensión.

Esa misma actitud la olvidó cuando recibió al Presidente de los argentinos y su esposa, a quienes apenas dedicó poco más de un cuarto de hora. Dicen las malas lenguas que tuvo que despedirlos porque ya no podía mantener la cara de c… con que los atendió y le dolían los músculos faciales.

Y encima se dio el lujo de concordar con Hebe de que esta Argentina se parece a la del ’55!!!!

Y ya saltaron nuevamente, por si hiciere falta, los “explicadores” de la “infinita bondad” de Francisco quien, según ellos, trata con estas alegres recepciones de comprender y explicarnos que si alguien ha dado “algún paso en falso”, allí esta él, el representante de Dios en la tierra para darle su bendición y atraerlo a su rebaño.

Francisco es un piadoso de la gran siete… Pero parece que ignora que en nuestras cárceles van muriendo abandonados a su suerte octogenarios y nonagenarios a quienes no se les reconoce ningún derecho humano, encarcelados por años sin sentencia, sin respetar el principio de irretroactividad de la ley penal, sin otorgar el beneficio (que es otro derecho humano) de la prisión domiciliaria. Que hemos pagado el sueldo de un Ministro de Defensa que prohibió por años que los militares se atendieran en los hospitales de sus respectivas fuerzas y debieran hacerlo en las deprimentes y desabastecidas enfermerías de los penales, contraviniendo la Convención de DDHH celebrada en Costa Rica. Y que durante esos años murieran no pocos militares por falta de atención médica… Y ese ministro, en lugar de ser imputado de asesinato y abandono de personas, sigue dando opiniones críticas hacia quienes los derrotaron en las urnas.

Podría seguir, pero la bronca me invade y perdería objetividad.

Sólo deseo, aunque sin mayores esperanzas, ante el cruel silencio del Sumo Pontífice, que alguna autoridad de la Iglesia tenga la valentía de explicar a los argentinos el porqué del desprecio de Francisco por nuestros presos políticos.

¿Es que no son ellos dignos de su piedad?

 

Juan Manuel Otero vive en Buenos Aires, Argentina. Estudió ciencias jurídicas en la Universidad de El Salvador. Reconocido autor de artículos periodisticos en variados medios de comunicación. 

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