Ingeniero Juan Manuel Aragón

A diez años de su fallecimiento 

La ingeniería, las efemérides, la astronomía

 

En estos tiempos de continuas aflicciones y fracasos, de personajes de los que no se saben si venden drogas o si sólo la consumen, de una farándula pornográfica  encaramada en los primeros planos de la atención pública, resulta gratificante volver la atención hacia límpidos valores de la historia tucumana. Por eso me permito transcribir el Homenaje que le hizo en su oportunidad su hijo Juan – mi primo –a su padre el Ingeniero Juan Manuel Aragón, prestigio de su profesión y notoriedad en  la intelectualidad tucumana, nacido  el 25 de abril de Abril de 1930. Nacionalista, de una cultura supina y gran lector de diccionarios. Luego de graduarse de ingeniero civil, se trasladó a la vecina ciudad de Santiago del Estero, convocado por el gobierno de Benjamín Zavalía junto a una camada de brillantes profesionales. Trabajó en Vialidad de la provincia y la dirección de Hidráulica. Con motivo de esos trabajos aprovechó para conocer la provincia y leer sobre su cultura. Apasionado por los clásicas, entendía el latín y bastante de griego. Aprendió a tocar la guitarra en la que interpretaba a Francisco de Tárrega, Fernando Sors, piezas flamencas, tango, boleros,  y del acervo tradicional argentino. Luego de unos años en Santiago, se fue a trabajar a Ledesma, Jujuy. Allí fue profesor de matemáticas financiera en la escuela secundaria de Libertador San Martín y llegó a ser superintendente de transportes del ingenio. Regresó nuevamente a Santiago, en 1971, convocado por el gobierno de entonces para ser subsecretario de Obras Públicas primero y ministro después, hasta 1973. Luego de dejar la función pública ejerció como comerciante con un pequeño corralón de materiales en el barrio Huaico Hondo (“cometí actos de comercio”, le gustaba decir), con la humildad que siempre lo caracterizo,  mientras, hacía trabajos de agrimensura y  como proyectista y director de obras en algunas pequeñas empresas constructoras. En ese tiempo además se desempeñaba como profesor titular de valuaciones de inmuebles urbanos y rurales en la carrera de ingeniería en agrimensura, en la Universidad Nacional de Santiago. En 1986 entró a trabajar en el diario El Liberal, en el que tuvo varias columnas a su cargo, algunas muy recordadas. Bajo el pseudónimo de Silvestre Aquino -personaje de la novela Hijo de hombre, de Roa Bastos- durante varios años redactó unas elegantes y coloridas efemérides, casi todas con historias poco conocidas de Santiago y de otros lugares del mundo. Dejó inédito un diccionario “Ad sidera visus”, sobre astronomía y el libro “Folklore santiagueño”, recopilación de canciones populares de Julián Cáceres Freyre que él ordenó y clasificó y todas sus efemérides, que bien podrían ocupar tres o cuatro grandes volúmenes. Usó también otros pseudónimos, como Absalón Alomo, Néstor Núñez y Pablo. Al final de su vida intentó recluirse en una finca heredada de su padre en el departamento Jiménez, para lo cual se construyó una casa, hizo cavar un surgente de agua y mandó a hacer corrales, potreros. Pero la vida lo estaba alcanzando y falleció en Tucumán antes de romper el alba del 24 de noviembre del 2005. Ahora nosotros, con su recuerdo acatemos el prestigio correspondiente a la inteligencia, el estudio, a las virtudes cívicas al honor.