“INVASIÓN DE PROTAGONISTAS”

 

Llovía, y yo estaba escribiendo Los cuentos de Canterbury. Trazaba algunas líneas y levantaba la mirada hacia la ventana. Observaba cómo las cosas cambiaban de color, el verde de los árboles era más resaltado y todos los objetos parecían tener un barniz que los hacía muy atractivos, afuera.

Adentro, de mi bloque de manuscrito, el cuento progresaba hacia un horizonte desconocido. Siempre era así, y siempre me intrigaba el final *El Inmortal*.

De pronto sentí la imposibilidad de impregnar mis palabras con la lluvia, de traer el viento para que las batiera. Yo quería llevar adentro del cuaderno el paisaje, la lluvia, la desesperación de los pájaros, elogio a la lectura, la escritura y otros deberes.

No lo conseguí,  e inicié una violenta discusión con mi primera persona del singular, sujeto humano y conocimiento.

En mis cuentos, salvo muy honrosas excepciones, era yo el que narraba todo. Y más aún, demasiadas veces era la protagonista o el protagonista principales, género narrativo.

Sin embargo, había una cosa que me impelía a seguir con el trabajo y se trataba, como relicario, del final. A menudo extraía lecciones del última etapa de mis cuentos, no moralejas, sí lecciones de escritura…

*Cómo no debía rasguear, por paradigma*

Otras veces, los menos, el finito me asombraba. Quizás había empezado la narración con la ingenuidad de un niño bobo, y terminaba siendo un lama tibetano, no por ninguna reencarnación especial sino por un juego que las palabras jugaban sabiamente a pesar de mi ineptitud.

En las raras ocasiones en que conseguía esos deslumbramientos sentía una especie de bienestar. Comprendía que, desde el punto de vista exclusivamente literario, no había hecho nada que mereciera esa felicidad, también sabía que yo, mi propio ser, había crecido tanto como para llegar hasta los pies del lama. O de Buda, o de Sócrates, o de Cristo. O que había descendido a los sentimientos de un insecto, según lo que hubiera escrito en el borrador.

Ese día de lluvia en que estaba escribiendo fue el principio de un combate desigual que se cobró muchos peones de mi rústico ajedrez, el ajedrez lleno de delicadas telarañas que se interponía con mis pensamientos y con mis emociones, son las funciones del lenguaje.

No vencí a la primera persona del singular, se me enquistó. Eso sí vi que no pudiendo vencerla, tenía que darle libertad, como a un ave inocente o a un animal salvaje.

Y se la di, abrí la jaula. Vi que la carcelera llamada Señora Literatura no era áspera ni irónica, sino que me dedicaba una tierna sonrisa y me dejaba pasar.

Me pareció que detrás de mí murmuraba…

“Total, tantos ya han pasado…”

Me puse a escribir con dedicación total. Me obsesioné con cada historia que parecía un buen argumento, ya se tratara de los pájaros que golpeaban los vidrios de mi ventana y caían muertos o de conversaciones que escuchaba en la calle y me resultaban inspiradoras.

Ya había solucionado varios problemas sobre literatura, arrancándolos de cuajo de mi mente y de mi corazón…

¿Qué era escribir bien, qué era escribir mal, quién era yo como narrador para describir lo que ocurría en el fondo del alma de otros personajes?

¿Cómo les había oído la voz?

*Superados todos estos obstáculos, llenaba cuadernos día y noche, noche y día*

Ahora estaba redactando una fluida crónica sobre un día cualquiera. Esperaba que sucediera alguna cosa notable casi al final de lo que estaba narrando, o directamente en la frase final…

*Fue mucho más inoportuno lo que sucedió*

Por falta de inspiración, al principio describí a una señora que estaba en su balcón tendiendo ropa, esa mañana. La veía, como muy a menudo veo lo que describo, desde mi ventana.

En aquel tiempo yo vivía en un cuarto piso, en la ciudad Capital de San Juan Argentina, y hasta creo inclusive que ese detalle de la descripción lo utilicé en otra narración, en una Nouvelle, de seguro.

No obstante, aunque seguía cifrando, no estaba nada satisfecho con lo que sucedía. Esa señora de peinado alto, con una bata rosa…

¿A qué lugar podría llevarme?

Me levanté a hacer café, lo tomé lentamente. Volví a escribir con la sensación de que había encendido mi lapicera sólo con esas gotas de cafeína.

Rasgueé…

“¿Y yo?

¿No recuerdo que anoté una frase mía, cuando contendía con esa señora vecina con su hija menor por la arteria, y ella, la madre estaba acechándola?”

Mi desconcierto por la mano a la que yo le había permitido escribir sola, lo que deseara fue enorme.

Era verdad que ocasionalmente anotaba frases al pasar, era verdad que recordaba a una mujer discutiendo con otra más joven cuando salí a comprarme un par de guantes al centro comercial.

Me dispersé…

¿Qué estaba haciendo allí esa mujer, vociferándome?

Me ofendí. Decidí  suspender la escritura hasta el día siguiente. De cualquier modo, no borré los baladros de la señora madre que me interpelaba. Quizás había estado discutiendo por algo muy serio con su hija.

Dormí bien esa noche y me levanté muy fresco, aunque por mí rondaba la idea de haber tenido una pesadilla que ya no recordaba en algún momento de mi sueño.

Me preparé con un buen desayuno, y volví a la batalla, lapicera en ristre.

Mi mano subrayó…

“¿Acaso no te acuerdas de mí tampoco?”

Me espanté. Parecía una voz masculina. Me estremeció el tono sombrío que le imprimía a su voz el hombre.

Con toda conciencia, me obligué a escribir…

“No, ¿quién eres?”

Y dejé en libertad entonces mano con lapicera.

Él contestó…

“No sólo me viste en tu sueño. Además conversaste conmigo en la vida real”

Esta vez me levanté de la silla para hacerme de uno, dos o tres mates criollos junto a la ventana. Trataba de ubicar quién era ese personaje varón. Al sueño no podía recordarlo, sí yo conversaba a menudo con taxistas, con gente que atendía kioscos, con mozos que me traían café, con floristas que me vendían diferentes flores, según la estación. Conversaba con hombres muy fatigados que atendían las librerías de viejo y que sabían infinidad de anécdotas, no obstante estaban demasiados cansados para contarme el final, o entraba algún otro cliente.

Por más que me esforcé, no conseguí dar con el que se había aparecido en mi cuaderno.

Sentía curiosidad, también un recelo muy sutil, y frío como un cuchillo. La historia empezaba a pesarme como un acoso de locos personajes. No me animé por ese día, y ya iban dos jornadas, a seguir escribiendo.

Decidí dedicar lo que quedaba de la mañana y toda la tarde a poner orden en mis plantas interiores de mi morada, en especial en mi ropa guardada en el closet, que parecía una masa informe de colores…

Les propongo algo, mis amigos, amigas, seguidores de mis ensayos o narraciones. Yo continuaré escribiendo la fábula y les daré a conocer el final el próximo miércoles, aunque… Se me ocurre que una interesante variación -y podría ser más que interesante- es que algunos de ustedes lo completen, le pongan un final, con su gusto y su arte.

“Mientras tanto, seguiré bordando este delirio”

 

Dr. HUGO JOSÉ NARANJO.-

 

“He sido un hombre que busca y aún lo sigo siendo, ahora no indago en las estrellas ni en los libros, sino en las enseñanzas de mi sangre"

“Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral”

“Doctorado honoris causa y Máster - MBA Nacional e International.

“Executive en Dirección de Proyectos y Empresas”

-El Pulso del Columnista, escritor de cartas y narraciones de sueños –

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