Octubre 31, 2015

LAS RAREZAS HUMANAS QUE VIVÍ DESDE QUE TENGO USO DE RAZÓN, ERAN TAN TERRIBLES COMO LAS DE HOY, SOLO QUE EXISTÍAN PAUTAS MORALES RÍGIDAS E HIPÓCRITAS

 

EL MUNDO DE OTRORA Y EL DE AHORA

 

En cuanto llegué al llamado "uso de razón" me enteré leyendo las crónicas policiales del diario "Crítica", gran representante de la después llamada "prensa amarilla", de escalofriantes crímenes, mujeres descuartizadas, estranguladores, depravados abusadores de menores llamados en aquellos tiempos "amorales", cuentos del tío, vendedores de buzones, estafadores profesionales, carteristas llamados "pungas" y "apoyadores" profesionales en colectivos repletos y subtes atiborrados, presencié no menos de diez o quince incidentes en esos vehículos con señoras y señoritas repartiendo guantazos frente a la indiferencia a veces y otras con participación activa de personas que llamaban al vigilante de la esquina.

 

Eran épocas de silencio y auto-represión, de machismo desenfrenado que justificaba la violencia de género que en aquellos tiempos ni siquiera se denominaba así y, ante las discusiones, las agresiones entre cónyuges, madres e hijos la actitud era justificadora, prescindente y se resolvía con frases de ocasión como "cada hogar es un mundo", "son cosas de familia" y por supuesto, el "no te metas".

Era una sociedad timorata, contenta de vivir en un país próspero que servía de refugio y tierra de oportunidades para cientos de miles de personas huyendo de post-guerras de hambre, muerte y locura y eso reforzaba la idea del "mejor país del mundo" y eso atenuaba, tapaba y disimulaba las miserias humanas, la maldad, los filicidios, parricidios, peleas familiares que incluían la internación en manicomios de ancianos ricos que al declararlos insanos eran despojados no solo de su dinero sino de su dignidad humana.

 

Las monstruosidades *no caritativas del hombre* eran tan terribles como hoy en día sólo que las pautas morales rígidas e hipócritas sumadas a la información mediática limitada, censurada y amordazada para cuidar la moral pública que eligió el refrán popular que decía "ojos que no ven, corazón que no siente".

"Antes las aberraciones *no compasivas con el ser* eran tan terribles como hoy, sólo que la información mediática limitada, censurada y amordazada estaba para cuidar la moral"

Nadie niega que la descomposición social ha llegado a límites insoportables, que más allá de las hipocresías de antaño nuestros tiempos han llegado a lugares de horror insospechados, y la naturaleza humana ha cometido barbaridades desde que el mundo es mundo y hoy en día la desmesurada proporción a la que ha llegado la comunicación, las redes sociales, Internet que hoy es la principal fuente de instrucción para cometer actos de terrorismo sin precedentes y conseguir que la juventud entre en esas redes de catequización de los peores fundamentalismos son formas que no existían en aquellos "años dorados" *de la juventud del vejestorio que esto reseña*, y eso no quita que la maldad, la bondad, la impiedad, la solidaridad, la traición, la lealtad, la corrupción política y social, las organizaciones humanitarias, las dictaduras, las democracias, los fanatismos, la tolerancia, la santidad y la degeneración han convivido y luchado entre si durante siglos y siglos.

Así que, cual viejo Vizcacha siglo XXI, permítanme escandalizarme con toda la fuerza que todavía me queda, no acostumbrarme ni dar naturalidad a lo antinatural ni defender lo indefendible, usando lo que aún tengo en mi memoria y mis nítidos recuerdos de los horrores que me contaron mis mayores, aquellas imágenes aterradoras en un granulado blanco y negro de los noticieros que sacudieron mi más tierna infancia en aquellas salas cinematográficas que pasaban la realidad de Estados Unidos por medio de la Fox, la de Francia a través del noticiero Pathé, los paraísos peronistas de Sucesos Argentinos y la católica y taurina España franquista del No-Do hispano, alternados por las travesuras de Tom y Jerry, el Pájaro carpintero y el inolvidable Carlitos Chaplin.

“Aquel mundo y este mundo son más parecidos de lo que parece”

 

Hugo José Naranjo