Octubre 21, 2015

La lista de (Otro) Oskar

 

Todas las noches, pasadas las 9, un ritual no escrito ni regulado se produce cuando suena mi teléfono. Desde una ciudad distante sesenta millas de donde resido, mi amigo Bryan llama para preguntarme por mis novedades exactamente por un lapso de treinta segundos, para luego proferir un monólogo de quince minutos sobre sus desventuras amorosas, problemas en su empresa y el peinado de Donald Trump -si es que tengo que mencionar los temas recurrentes o, si se quiere, un tanto más normales- Siempre bromeamos sobre la posibilidad de que la NSA esté escuchando la conversación. Si esto es así, en el momento en el cual Bryan comienza con su seguidilla de "Entiendes lo que quiero decir...?" o "Tiene sentido...?" creo que es el momento justo para recomendar a quien escucha en las sombras a renunciar a esta acción y pasar a una comunicación telefónica más importante.

No es un código -Y este apartado es para el espionaje argentino- cuando escuchan las conversaciones con mi madre y su batalla para encontrar a un técnico que repare la averiada calefacción o su esfuerzo para rescatar a un gato atascado en un desagüe en el centro de la ciudad. No es una interlocución en clave. Es verdad, es un gato -un ser vivo no humano- en problemas. Solo para clarificar. Todos -infiero- somos proclives a protestar contra las compañías telefónicas cuando escuchamos ciertos ruidos extras o violentos clicks. Solo queda disculparse ante a los servidores del servicio de comunicaciones, en primer lugar. Luego, disculparse con los oyentes no invitados si el diálogo se torna poco interesante.

Si, tiene sentido. Aquí se sienten los sonidos del silencio. Mis comunicaciones con las cárceles argentinas son una oportunidad para conocer historias. Algunas notablemente comprobables, otras más complejas, pero todas terminan en una común catarata de acusaciones inconexas, inculpaciones inverosímiles, cargos inadmisibles puestos en papel por jueces y fiscales, y nacientes de la boca de ciertos testigos. En estos instantes, el oyente no convocado debe perder interés ante la reiteración de aberraciones de la justicia. Este "Escucha " -si no es un idiota o un mercenario, ya las ideologías no cuentan, lo sabemos- debe estar rascando su cabeza y anegando con la misma, en silencio, en penumbras, en soledad. Aquel que razona y había conseguido abandonar el vicio del tabaco, debe tentarse por momentos.   

Mark Felt fue Garganta Profunda, y no hablo de la cinta pornográfica de Linda Lovelace, sino del informante que ayudo a Carl Bernstein y a Bob Woodward -periodistas del Washington Post- a desarrollar una serie de notas sobre las grabaciones ilegales en el edificio Watergate, que acarreó al final de la carrera política de Richard Nixon y al encarcelamiento del jefe de personal de la Casa Blanca. Fue una maniobra ilícita e inmoral.

Un film poco conocido, o sostengo que por mi ignorancia cinematográfica poco valorado por el público en general, La Conversación, muestra a Harry Caul (Gene Hackman) un espía profesional que debe pasar varias horas grabando escuchas que poco le interesan. Contar el argumento de la brillante creación de Francis Ford Coppola es arruinar la velada de quien no la vio y asustar a los oyentes ilegales.

En El expediente Odessa (The Odessa File) Frederick Forsyth cuenta la historia del periodista Peter (Peterkin) Miller, quien se hace de un diario escrito por un sobreviviente de un campo de concentración durante el Tercer Reich. Allí figura una lista de ex nazis, ahora con otros nombres, algunos de los cuales sostenían cargos en la Alemania casi veinte años después de la Segunda Guerra Mundial. En Argentina -excepto despojarse de sus nombres de guerra- estos personajes con sus nombre de nacimiento moran en edificios gubernamentales apoderándose de cargos públicos. Y ahora producen otras listas. Listas de personas -ciudadanos- bajo vigilancia telefónica.

Las cualidades interpretativas de Liam Neeson en su escena de despedida forzosa en La Lista de (Oskar) Schindler despertaban una emoción difícil de expresar en letras (y no voy a admitir que mis ojos se tornaban rojizos, ya que esto era producto de una alergia pasajera, comprende?) pero su monólogo señalando su valioso anillo y afirmando que -de haberlo vendido- podría haber salvado una o dos vidas exponía su mezcla de culpa, pedido de perdón, contención. Hay dignidad en aquel Oskar. Nuestro Oskar, es un hombre pequeño, pequeño...

Mi nivel de fama se puede comparar a menos 12,77 grados Celsius y no tengo una vida tan apasionante, de manera que hoy sospecho y sostengo que no me hubiera importado aparecer en estas listas. Todos decimos que no tenemos nada que ocultar. Pero, me pregunto: estaría yo dispuesto a hacer pública mi clave de acceso a mi correo electrónico?

 

Fabian Kussman

PrisioneroEnArgentina.com

 

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