LOS COMBATIENTES DE LAS MALVINAS

 

  Cuando era profesor de Geopolítica en la Facultad

de Humanidades de la Universidad de Mar del Plata,

fui panelistas con otros profesores sobre el tema de

Las Malvinas.

 

  Recuerdo que en mi exposición, expliqué que la

Guerra de las Malvinas, me imponía considerar tres

puntos de vista muy diferentes, dado que a mi juicio

merecían diferentes enfoques.

 

  El primer aspecto se refería a la causa de Las Malvinas.

 

  El segundo a los que decidieron y condujeron la guerra de las Malvinas.

 

  Y el tercero, los que fueron a la guerra de las Malvinas. Este trabajo se refiere a éstos.

 

  En todo país existen legislaciones que obligan a los a los ciudadanos a incorporarse a las FFAA para prestar servicios en caso de guerra. Afortunadamente, las incorporaciones son las necesarias, y como en este caso, poco numerosa con respecto a la cantidad de la población.

 

  Estos ciudadanos se integran a las FFAA, que incluye según las necesidades, los efectivos profesionales de las mismas.

 

    Si bien todos los que van a la guerra, lo hacen por imperio de las leyes, en muchos casos se agregan voluntarios, que en última instancia, también lo hacen dentro de las formalidades legales.

 

      Ir a la guerra es un deber ciudadano, incluso estipulado en nuestra constitución.

 

     Si bien esto, podría quitarle mérito al hecho de concurrir a una guerra, no tengo ninguna duda,  que quienes van, asumen una tarea que desde un principio debemos calificarla de heroica; haga lo que haga en la contienda.

 

  Es asumir, que se va dispuesto a perder la vida. Y que en cada minuto que se permanece en ella, y aunque no quiera, está sometido al terror beligerante de un enemigo que a su vez, viene obligado a matar. Cada cañoñazo, cada bomba, cada torpedo, puede hacer blanco en el combatiente, que si bien no ha sido elegido puntualmente como blanco, estaba en el lugar del impacto. Se podría decir sin temer exagerar que cada minuto en combate, es sobrevivir la muerte temida. Esto sin considerar las acciones ofensivas, donde se enfrenta la muerte para lograr conquistar un objetivo necesario. La heroicidad está en todos, al margen que dentro de ellos emerjan algunos que se han destacado por su valor, y esto ha sido reconocido por la nación a través de condecoraciones, que seguramente no son suficientes al riesgo asumido y a la acción valerosa detectada.

 

  Los detractores de la guerra, creen que desconocer a los combatientes, es parte de su tarea. Olvidan que la necesidad de que desaparezca la guerra, no tiene nada que ver con el reconocimiento que todos debemos realizar hacia los que han ido a ella. Y esto sin abrir juicio de valor sobre la conducta individual de cada uno. Quienes no hemos ido, no tenemos derecho a convertirnos en jueces de los que lucharon. Y sí tenemos la obligación de poner de manifiesto hacia ellos nuestro respeto, rayano en la admiración, hacia argentinos que para cumplir con la nación, acataron las leyes y fueron a ofrendar sus vidas, por cuestiones que con o sin razón, la nación le imponía.

 

  Pero muchas veces, quienes han tenido la fortuna individual de no haber participado en alguna guerra convencional, ignoran las otras graves consecuencia de orden físico e incluso psíquico que se generan en el combate y en los trágicos y crueles espectáculos que presenta. No se puede eludir, narraciones reales, de casos como de un herido de guerra, que el médico sin anestesia con un serrucho le tiene que cortar la pierna a un combatiente, que aún así, luego morirá. Quienes no hemos ido a la guerra, se nos hace fácil, narrar esto. Pero quizás sea imposible revivirlo en toda su dimensión.

 

  Esto, que no es el espectáculo más grave, pero que sirve como ejemplo, nos impone considerar el profundo respeto que se merecen quienes han combatido.

 

   Dejemos de lado, que un gobierno conducido por militares de las tres FFAA, ni siquiera tuvo la valentía de dejar sus cómodos escritorios para recibirlos. Otros integrantes de las FFAA, fueron capaces de colaborar para recibirlos “a escondidas” y a tratar como la basura de “esconderlos debajo de la alfombra”. Y con ello el país asumió una gran culpa, que no se agota en los intentos administrativos para reconocer a los que fueron de los que no fueron, para abonar a modo de reconocimiento magros haberes que no valen ni un mata cucarachas.

 

  Es cierto, que es imposible, en el orden material, pagar lo que merecerían los combatientes de las Malvinas. Ninguna nación puede hacerlo. Ni EEUU, ni Rusia, ni G. Bretaña, ni Francia ni Israel, ni nadie. Claro se puede hacer mejor que lo que hacemos nosotros.

 

   Sin embargo, no es eso el mayor deficit. El problema que es ineludible, es de orden moral y afectivo. Los padecimientos que han originado en los combatientes naturales problemas psíquicos, exigen la consideración debida.

 

  Y ya entrando en mi Ejército, quienes no hemos ido a las Malvinas, que somos mayoría, no podemos eludir el apoyo a nuestros camaradas combatientes. A los jefes, oficiales, suboficiales que han luchado. Sin entrar a juzgarlos. Esto, si fue necesario, se hace durante la guerra, con las autoridades responsables en su respectivo teatro de operaciones. O en la crítica inmediata que se hace en la post guerra. Y basta!. Cuando trato a un camarada que fue a Malvinas, lo hago con un sentimiento de comprensión, de amor, de respeto, muy alejado del inquisidor que le busca méritos y desméritos. Han jugado su vida. A mi la Patria no me exigió esto. A él sí.

 

  Y si como consecuencia de la guerra, presenta problemas psicológicos, sin pretender solucionarlos, tenemos el deber de soportar sus consecuencias. Seguramente serán menores que haber ido a ella.

 

  Nuestra generaciones han sufrido otra guerra, tipificada por el artículo 3 de las Convenciones de Ginebra como “conflicto armado no internacional”[1].  También dejan secuelas. Pero a mi juicio mucho menores. A muchos nos cuesta el “oprobio” de estar en  prisión (en la cárcel o en el domicilio), con condenas ilegales e inmorales, fruto de una mentalidad terrorista que se apropió del poder entre el 2003 y el 2015. Esto indudablemente nos origina traumas muy dificiles de superar. Pero aún así no pueden ser mayores a los que impuso la Guerra de las Malvinas. ¡Y que podremos decir, de aquellos camaradas, que lucharon en Malvinas, y hoy están pagando más culpas por la guerra civil!.

 

  Se que la cárcel, es un lugar de convivencia dificil. ¡Hasta hace una semana estuve en una de ellas!

Pero lo peor, es un preso, injustamente tratado por el país, que quiera ser juez de sus pares. Y más si el juzgado es producto del desastre psiquiatrico originado en Las Malvinas.

 

  Creo que es bueno refugiarnos en la religión, para tener fuerzas para llevar nuestras cruces. Pero tenemos que tener en cuenta, que ser cristiano nos impone un deber ineludible de amor, de comprensión hacia un compañero desválido. Y más si luchó en Las Malvinas.

 

  Gracias a Díos, no son tantos los que sufren estos efectos de la guerra. A mi me honra conocer combatientes que a pesar de todos los desafios, son normales. Pero hay que tener en cuenta que son fruto de una fortaleza personal que impone un mayor respeto. Convivir con ellos, no es problema. No es mérito cristiano. Es un mérito más de ellos.

 

  Pero si encontramos uno que lo necesita, es un deber cristiano soportarlo. No será más dificil que ver morir a un compañero descuartizado, que escuchar cada minuto una explosión que nos haga volar, que tener que clavar la bayoneta en el cuerpo de un enemigo, o ametrallar desesperadamente al que está avanzando sobre nosotros. Pero si somos militares, no podemos olvidar que somos profesionales que tenemos la obligación de saber todo esto, y actuar en consecuencia. Sencillamente debemos cumplir nuestro deber.

 

[1]    Comunmente denominada “guerra civil” o por los profesionales “guerra interna”

Los Combatientes de Las Malvinas

Por Carlos A.  Españadero