NAVIDAD

LA ESPERANZA CRISTIANA

 

Reflexión

 

Ningún acontecimiento tiene tanto impacto en nuestro mundo actual como la Navidad. Siempre anunciaremos su llegada. Como preparación espiritual la Iglesia vive el adviento cuatro semanas antes. La Navidad es la gran fiesta de paz y de alegría para todos  -cristianos o no-, porque es el acontecimiento siempre actual del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, en el humilde pueblo de Belén. Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene celebrar la Navidad, después de dos mil años de su comienzo? ¿Por qué tanta alegría e ilusión? El Papa emérito  Benedicto XVI  público  la encíclica sobre la esperanza cristiana, bajo el lema “Spe Salvi” (Salvados por la esperanza), que desgraciadamente muchos no la han leído y otros no han querido que sea leída. Es este documento pontifical es una portentosa enseñanza teológica sobre la presencia de Dios en la vida humana desde el Nacimiento de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, causa de la verdadera esperanza, del bien humano y eterno. El Santo Padre expuso, en la sugerida y señalada carta encíclica, los distintos mesianismos, utopías de una felicidad universal, que se han dado en la historia. Todos han terminado en el olvido, por estar cerrados a toda trascendencia de la vida humana. Desde la fe en el progreso, que imaginaba liberar al hombre de toda opresión; al cientifismo que pretendía poner en la ciencia experimental toda la explicación y la finalidad de la vida humana; hasta últimamente el marxismo, que en busca de una necesaria justicia social, empobreció a tantos países, despojando a las personas de su dignidad y libertad. Jesucristo, desde su pobre nacimiento en un establo de animales y teniendo un pesebre por cuna, anuncia a la humanidad una gran noticia, el amor de Dios que se hace presente. Es la esperanza que se muestra en el Evangelio. “Eso significa – dice Benedicto XVI – que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se la ha dado una vida nueva”. Debemos acercarnos con sencillez al establo de Belén. Con el amor y decisión como lo hicieron los pobres y humildes pastores ante el anuncio de un ángel, que le dijo: “No teman. Vengo a anunciarles una noticia de gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy ha nacido, en la ciudad de David, el salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán a un niño envuelto en pañales y dormido en un pesebre”. Los pastores reconocieron todas las cosas que les habían dicho sobre el Niño. Y regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto. Sin Dios no hay plena esperanza, felicidad permanente. El niño de Belén enseña el camino y la verdad de Dios, muestra la feliz y alegre esperanza cristiana. Toda la vida humana, hasta el dolor y la muerte, encuentra su sentido. La paz y la alegría se hacen realidad aun en medio de los sufrimientos y dificultades de la vida presente. Al mismo tiempo, la esperanza cristiana no nos hace caer en un individualismo egoísta, en busca solo de la propia salvación. La esperanza busca compartir con los demás el bien. La esperanza cristiana nos compromete con los demás, con todos. Por eso, la felicidad de la Navidad nos lleva a compartir con los más necesitados nuestros bienes, a vivir la caridad generosamente y a hacer felices a todos. Nuestros deseos de felicidad, que expresamos estos días a los demás, debe ser una verdadera y generosa manifestación de ayuda unida a una caridad completa de bienes, de paz y de alegría. Feliz Navidad.

 

Dr. Jorge B. Lobo Aragón

jorgeloboaragon@hotmail.com