País al borde de un ataque de nervios

 

Muchos gobiernos cambian sus mandatarios, pero continúan sus políticas de fondo. Menos en Argentina, un país que semeja a un monitor de un corazón descontrolado.

Esto es válido para todo el espectro político. Cuando un titular es acusado de corrupción, lo sacan los votantes o un golpe de Estado. A menudo son citados en los tribunales, pero los procesos judiciales no llegan a ninguna parte en manos de investigadores o jueces políticamente cautelosos. Con el tiempo, los reformadores también son acusados de corrupción y el ciclo se repite.

El último golpe de timón involucra a los populistas Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. El presidente en funciones, Mauricio Macri, prometió acabar con la corrupción, poner en curso y desarrollar la economía.

En los primeros meses del nuevo gobierno, la mandataria cesante Cristina Fernández recibió la acusación de emprender una operación de divisas a un valor artificialmente bajo que benefició a los inversores ricos y famosos, costándole miles de millones de dólares al Banco Central de la República Argentina.

Mientras los diarios y noticieros televisivos dejan ver imágenes de allanamientos en las propiedades de Lázaro Báez -supuestamente, un testaferro del matrimonio Kirchner- se arrestan personajes con relaciones con el narcotráfico y a ex funcionarios tratando de esconder bolsos de dinero al estilo Chapo Guzmán o Pablo Escobar, el Poder Judicial parece caminar tras los malhechores que han corrido. Este es un caso extraño. Es como si la esposa le hubiera dicho: “O me sacas del garaje todas esas cajas apiladas de souvenirs que te trajiste de tu oficina cuando estabas en el gobierno o me divorcio!”

Un gran segmento de la población todavía ve a Cristina Kirchner como una figura celestial. Es esa extraña tendencia de los argentinos por endiosar personas. Es vista como una defensora de los pobres y de los necesitados.  Esta gente puja por la vuelta de la líder cuanta-propista (Sin ser esto peyorativo, simplemente por ser kirchnerista)

Si usted no vive en la tierra del tango, los gauchos y el futbol puede llegar a sorprenderse.

La famosa grieta de la que hemos escuchado hablar últimamente, tiene sus orígenes en las grandes competencias políticas que se remontan a la independencia de Argentina a principios del siglo diecinueve. En esas épocas las disputas violentas eran entre los defensores de la autoridad local o el gobierno central. Conflictos, levantamientos armados y guerras civiles se sucedían mientras los propietarios se enfrentaban a sus rivales y usaban gauchos e indios como soldados.

En las primeras décadas del 1900.  un golpe de estado derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, quien fue arrestado por sospechas de compras ilegitimas del gobierno, aunque no pudieron ser probadas.

Entra en la historia argentina el populista Juan Domingo Perón, militar del Ejército y su cónyuge, Eva Duarte. El mensaje fue acusar a la oligarquía de abusar de la clase trabajadora.  El mismo Ejército se ocupó de expulsar del poder al General en 1955. Fuertes rumores de administración fraudulenta, acciones pederastas y de ser el cerebro de desapariciones y asesinatos llevaron a que se realice una investigación que concluyó una vez más en la nada, sin evidencias.  

Perón estaba exiliado en Madrid, viviendo muy cerca de otro dictador, Francisco Franco. En su ausencia, los gobiernos militares destituyeron a los sucesivos presidentes elegidos -una vez más- citando a la corrupción de estos.

Perón presidente, Isabelita al poder. Muerto el rey, viva la reina. Perón volvió la Argentina en 1973 pero murió un año después y fue sucedido por Estela Martínez de Perón, su tercera esposa, más conocida como “Isabelita”.  La nueva presidente (Siempre ha habido familias talentosas en la política argentina) fue acusada de quedarse con las ganancias de una institución gubernamental de caridad y en 1976 fue derrocada por otro golpe de Estado -tal vez el golpe más solicitado en la historia de Sudamérica-  con el propósito de recuperar una economía demacrada por las reglas populistas impulsadas por Perón.

Fue este otra administración que no cumplió los objetivos envuelta en una disputa bélica internacional por las Islas Malvinas y sombras de desapariciones de personas.

Luego empezó un raro período. Alfonsín llegó a la presidencia con el aura autoproclamada de ser el Padre de la Nueva Democracia y que con esta se comía, se educaba… pero los problemas económicos continuaban. Los empleados cobraban sus sueldos y corrían a los mercados para ganarle de mano al empleado que remarcaba la mercadería. De todas maneras, no parecía haber fuertes enfrentamientos entre los hermanos argentinos. Parecía que el pasado reciente no existía.

Entra en escena Carlos Saúl Menem (Méndez, para los supersticiosos) El caudillo riojano ganó la presidencia en 1989, un peronista de derecha que conducía un Ferrari Testarossa que le habían regalado ciertos empresarios italianos.

Durante su gobierno privatizó las empresas de telefonía, gas, electricidad y petroleras siendo por esto saludado y vitoreado por un joven dirigente sureño, un tal Néstor Carlos Kirchner. Debido a estas privatizaciones poco claras pronto se vio envuelto en acusaciones de corrupción.

De cualquier forma, su gran reputación de corrupto no hizo mayor impacto en los votantes. Incluso se las arregló para cambiar la Constitución y lograr su reelección en 1995. Una de las grandes curiosidades nacionales se centraba en que la corrupción, poca sorpresa causaba: “Roba, pero al menos hace cosas”. Estos robos están por ser probados, en el aire, con atmósfera a olvido.

Las radicales reformas de libre mercado que ejecutó Menem incrementaron y agravaron el desempleo por un periodo que duró más que su gobierno. El problema de la deuda externa y la calamitosa crisis económica de 2001 llevaron a su sucesor, Fernando de la Rúa, a decretar un estado de emergencia y renunciar a la presidencia. Después De la Rúa enfrentó acusaciones de haber sobornado a senadores para que aprobaran una reforma a la ley laboral. Estas acusaciones no pudieron ser comprobadas.

La defensora de los Derechos Humanos que no presentó un solo  Habeas Corpus en favor de detenidos, doctora en abogacía que nunca ejerció, amiga de los pobres que se convirtió en más que pudiente explotando a los necesitados con la famosa ley 1050, la señora Cristina Elisabet Fernández de Kirchner, gracias a la mente maquiavélica de su marido (pero eficiente en pos de su propio beneficio) continúo el plan de división nacional.

El Relato de los Derechos Humanos fue convertido en una nueva y muy rentable industria que no solo ofende a la memoria de los verdaderos damnificados, sino que le da la posibilidad a cualquier ladrón de ganado que haya sido arrestado a presentar una denuncia por malos tratos, haya evidencia o no.

Casi la mitad de los argentinos volverían a votar a la esposa de Néstor Kirchner aun así se prueben los hechos de corrupción que rodean a sus funcionarios y más precisamente, a ella. “Roba, pero da subvenciones”

Hoy en día los tribunales federales son extremadamente lentos con un laberinto de jueces, a menudo tan corruptos como los políticos que investigan. En otros casos, obsecuentes a ciertas políticas retrógradas.

La sociedad lo sabe. La impunidad de la corrupción crea un profundo enojo en el ciudadano hacia terceros mientras lee estas noticias en el periódico y al estacionar su auto, bloquea una rampa para lisiados.

En el recorrido de esta historia moderna de Brujas de Salem queda una continuidad de acusaciones, jueces incompetentes o camaleónicos. Estas metamorfosis siempre dejan afuera a los verdaderos responsables. ¿Sera que este país necesita un período de anarquía -anarquía al estilo Howard Zinn, libre de dirigentes y fronteras- para restablecerse con una nueva generación de funcionarios inmunizados de bacterias?

 

Fabian Kussman

PrisioneroEnArgentina.com

Junio 23, 2016