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Papillon 1933

 

Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta. Camino, camino infatigablemente, sin pararme, hoy camino con rabia, mis piernas están tensas, y no  como de costumbre, relajadas. Diríase que después de lo que acaba de pasar, necesito pisotear algo. ¿Qué puedo pisotear con mis pies? Debajo de ellos, hay cemento. No, pisoteo muchas cosas caminando así. Pisoteo la apatía de ese matasanos que, por congraciarse con la Administración (Servicio Penitenciario) , se presta a cosas tan asquerosas. Pisoteo la indiferencia por el sufrimiento y el dolor de una clase de hombres por otra clase de hombres. Pisoteo la ignorancia del pueblo francés, su falta de interés o de curiosidad por saber a dónde van y cómo son tratados los cargamentos humanos que cada dos años salen de Saint-Martin-de-Ré. Pisoteo a los periodistas de las crónicas negras que, tras haber escrito escandalosos artículos sobre un hombre, por un crimen determinado, algunos meses después ni siquiera se acuerdan de que haya existido. Pisoteo a los curas católicos que han recibido confesiones y que saben lo que pasa en el presidio francés y se callan. Pisoteo el sistema de un proceso que se transforma en un torneo oratorio entre quien acusa y quien defiende. Pisoteo la organización de la Liga de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que no eleva la voz para decir: Poned fin a vuestra guillotina seca, suprimid el sadismo colectivo que existe en los empleados de la Administración (Servicio Penitenciario). Pisoteo el hecho de que ningún organismo o asociación interrogue nunca a los responsables de ese sistema para preguntarles cómo y por qué en el camino de la podredumbre desaparece, cada dos años, el ochenta

por ciento de su población. Pisoteo los partes de fallecimiento de la medicina oficial: suicidios, descomposición, muerte por subalimentación continua, escorbuto, tuberculosis, locura furiosa, chochez. ¿Qué sé yo lo que pisoteo? Pero, en cualquier caso, después de lo que acaba de pasar, ya no camino normalmente, a cada paso que doy, aplasto algo.

 

(Extraído de la página 235 de Papillon, libro donde Henri Charriere (1906-1973) cuenta sus experiencias cuando en 1933 estuvo en la prisión de Cayena por un homicidio que no había cometido)

 

 

Papillon 2016

 

En 1970, cuando leí por vez primera esta obra testimonial, en el país había comenzado el desangrado, el horror y el odio fratricida. Este último llega hasta nuestros días. Yo tenía 25 años de edad y me descubrí leyendo ávidamente esta historia, una de las tantas publicaciones literarias que leí a través de los años.

Días pasados nuevamente llegó a mis manos un ejemplar de esta hermosa y trágica historia de vida de su autor quien, pese a la adversidad, nunca se doblegó. Este libro -como es lógico por ser una edición de la época- se encuentra ajado y amarillento producto de su envejecimiento. Pasaron cuarenta y cinco años, o algo más. Así como este libro, yo también envejecí, mis manos son sarmentosas y debo usar lentes para  leer. Hoy su lectura me transmite sentimientos y sensaciones mucho más profundas que en mi juventud. De esta manera puedo percibir a pleno el espíritu indómito de Papillon, de allí que no pude dejar de transcribir los párrafos que encabezan estas líneas. Ellas testimonian que a pesar del tiempo y la distancia geográfica e idiomática la HIPOCRESIA de gran parte del periodismo, los Derechos Humanos, la Iglesia, las Instituciones del Estado, y finalmente "El Sistema" lamentablemente, mucho NO HA CAMBIADO.

 

Claudio Kussman

PrisioneroEnArgentina.com

 

 

Henri Charriere

Steve McQueen como Papillon

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