“PERRO DE PERROS”

 

Yo estaba puerta por puerta ofreciendo en venta unos jabones de la *empresa Sol*, cuando al llegar a una de las *casas principales de 7 Jefes*, me sorprendió el encuentro con un antiguo compañero de colegio.

Adamás, de nombre y así le agradaba que le nombraran, y lo reconocí inmediatamente a pesar de sus muchos kilos de más, sus arrugas y su calva notable, porque todavía conservaba un *tic que le hacía abrir y cerrar los ojos permanentemente* y porque *su rostro mostraba una dolorosa expresión de abatimiento que siempre lo había acompañado a todas partes*.

 

Él me miraba asomado a la ventana de la puerta de servicio y esbozó una sonrisa levemente idiota -persona engreída sin fundamento para ello y con poca inteligencia e incómoda con sus palabras o acciones-, cuando llegó a reconocerme después de muchos esfuerzos de mi parte.

Como en un primer momento me pareció que mi visita no le importaba en absoluto pasé a tratarlo como a un cliente más y le ofrecí el muestrario de jabones y ya hurgaba en mi portafolio buscando la lista de precios cuando escuché que me decía…

“El Señor no está”

Creí que había escuchado mal, de modo que le demandé que repitiera eso.

Él lo redundó claramente y agregó…

“Podrías volver en otro momento”

“¿Cómo es eso?”

Inquirí…

“¿Qué estás haciendo en esta casa?”

Él volvió a sonreír y entreabriendo la puerta me invitó a entrar ubicando el dedo índice en la boca para pedirme silencio…

“Vamos a mi cuarto”, indicó después.

Y él delante y yo detrás, anduvimos lentamente por un largo pasillo hasta que llegamos a una habitación pequeña, sucia, precaria, mal iluminada y mal ventilada, ubicado en los fondos de la casa…

“Mi cuarto”, exteriorizó.

Entramos, el lugar era estrecho y mal iluminado. Pude ver una colchoneta echada en el suelo, una vasija con restos de comida también en el piso y un viejo impermeable que colgaba de un clavo fijado en la pared de ladrillos desnudos.

No vi más porque tan pronto entré, un olor nauseabundo me obligó a girar caminando afuera…

“Podemos conversar en el patio”, le manifesté.

“No quiero que nos vean”, dijo él.

“Entonces me voy”, aseveré.

Él me tomó por la solapa del saco, tenía un nudo en la garganta…

“Gutiérrez, qué emoción, qué gusto me da verte, quédate un rato más, *Rodríguez*, le recordé, es mi apellido”

“Me llamo Rodríguez”

“Es cierto, qué cabeza -se lamentó-. Podemos sentarnos aquí en el piso y me contáis algo de tu vida, ¿Eh?”

“*Vendo jabones*, reitero, *y no voy a sentarme en el piso por nada del mundo y tengo que continuar mi trabajo”

Yo vi que su mentón se contraía formando un huequito y que sus ojos ahora estaban brillantes al tiempo que sus párpados se abrían y cerraban con más frecuencia.

“Te decían semáforo”, le recordé, y no valió para consolarlo”

Le decían semáforo por esa costumbre de sus ojos que se prendían y apagaban a cada instante.

Él miraba el piso, la puntera de sus zapatos gastados…

“Sé que no te gustó mi cuarto”, dijo sombrío.

“No obstante, por vos pienso arriesgarme. No hay nadie en la casa, los patrones han salido y los hijos también. Vamos allá y te invito con una copa”

“No es por tu cuarto”, le consulto, dado a que me que insistes, entremos…

En primer término me dirigí hacia la heladera, y rápidamente Adaméis se interpuso entre la puerta y yo, y de aquí no comerás ni beberás, me fue sacando del lugar hasta que llegamos a una salita.

Ese lugar era sobrio y elegante. Había un sofá, dos sillones, un aparato de TV, un lindo bar con muchos cristales y botellas. Él se ubicó detrás del estaño. Se colocó una chaqueta blanca y un moñito y alisó con la palma de las manos los cabellos canosos y lacios a los costados de la calva.

“Un coñac”, demandé acodado en el bar echando a correr la mirada por las paredes de ese lugar. Cuando él notó que yo miraba unas fotografías enmarcadas de unos perros del tipo dálmata, se apresuró a decir…

“Es el señor y la señora y los hijitos”

Tomé mi coñac de un solo trago y requerí otro. De pronto tenía muchos deseos de llenarme de coñac o de lo que fuera. Había caminado mucho en la mañana y en lo que iba de la tarde y ya me parecía hora de tomarme un descanso…

“¿Y cómo te va acá?”, indagué sólo por decir algo.

“Ah…”, señaló él…

“Los Señores son muy buenos, no los hay mejores en toda la ciudad, mi estimado Gutiérrez”. *Rodríguez*, le corregí nuevamente.

“¿Qué te parece como me queda esta chaqueta?

¿Y este moño? Es un lujo.

Eso sí, yo siempre trato de ser limpio y ordenado y de servir lo mejor posible. Los niños me quieren muchísimo. En especial el más “pequeño”.

Yo reclamé otra copa y él la volvió a llenar.

“Además el Señor y la Señora tienen gestos impagables. Imagínate que me dan dos días a la semana, la paga es buena, me hacen regalos, qué sé yo, ya soy como de la familia”

“Adamáis, no lo tomes a mal, y dime, indagué”

“En el colegio había algunos muchachos que decían que eras un alcahuete…

“¿Era cierto eso?”

Él me sirvió otra copa como toda respuesta, después pasó a limpiarse las uñas con un alicate y por fin sin dejar de mirarse las manos expresó con una vocecita temblorosa…

“Envidias, eso, los profesores me querían. Yo cumplía con ellos y ellos me admiraban. Yo no era como otro”

Y me echó una mirada rencorosa.

Mi amigo Adamáis era el hombre de una familia de perros dálmata, no había progresado mucho…

“¿Cada cuánto te llevan a la plaza, sondeé?”

“Todas las tardecitas”, contestó él.

Yo me apoderé de la botella y me eché un trago a pico que me quemó la garganta. Ahora mi visión estaba un tanto obnubilada y me zumbaban los oídos…

“A veces te han tratado mal. Al ser tan sumiso, no cobras bien”

“No creas”, dijo él…

“Yo tengo la ventaja de no andar arrastrando los zapatos y dando lástima a cuantos me vean”

“Hoy estás un poquito tristón”, le consulté yo.

“¿Te dejaron solo, no?”

“A veces…”, dijo y calló, para estar un buen rato en silencio. Yo, cuando terminé la botella de coñac fui a echarme en el sillón.

“A veces”, dijo después…

Pasa intervalos que las cosas no salen como uno quiere. En ciclos duermo tendido en el piso, no me alimento muy bien que digamos y, me obligan a hacer cosas desagradables, como paradigma…

“¿Qué cosa?”, le curioseé.

Él se quitó la chaqueta, el moño, y levantó la camisa por sobre la espalda…

¿Ves?...

Tenía unas cuantas cicatrices ahí, todas amontonadas…

“Yo mismo tengo que castigarme cuando grito de noche”

“¿Vociferas de noche?”

“Sí, gruño elevado de tono, Sólo para prevenir algún peligro, y ellos se enojan”

“Ah…”

“También ellos mismos me castigan con un palo cuando desparramo la comida por el piso o araño las maderas de las puertas, no me puedo contener”

Miré la foto del dálmata, no parecía malo. Miré la foto de la Señora, tampoco…

“A veces soy muy infortunado, también me está prohibido recibir visitas”

“Todo eso tiene algunas compensaciones, le interrogué”

Se introdujo las manos en los bolsillos hasta que sacó un alfiler de corbata. Era de oro, muy lindo y brillante…

“Me lo regaló la señora para la última Navidad. Ya ves, no sé de qué me quejo”

Y volvió a hablar como al comienzo.

De pronto el ruido de una auto que se detenía frente a la casa…

“*Son ellos, exclamó*, vamos, salgamos pronto”

Me tomó por un brazo y me corrió a empujones hacia el pasillo por donde habíamos entrado…

“Me matan si me ven con alguien”

“Estás loco, totalmente”, exclamé algo borracho.

Espera, me solicitó…

“Para que ellos no te vean salir, salí cuando estén entrando por la puerta principal”

“Estás loco”

Antes de salir le regalé un jabón.

Se puso contento…

“Es para que te laves ese cerebro”, lo instruí.

“Así, así”, le indiqué mientras con otro jabón sobre mi propia cabeza le mostraba lo que debía hacer.

Me empujó. Me echó a la calle. Miré a la puerta cuando ya se estaba cerrando. Alcancé a ver una cola larga y blanca con algunas pecas negras, era una cola de perro dálmata. Me sentí muy confundido. Abandoné la venta y me fui a dar un baño a casa.

No dudo de que los haya emocionado, impactado, y todos los sinónimos que puedan encontrarse. Si alguien de los lectores que siguen mis ensayos, quiere, otra narración de cuentos, o el cuento de otro, bienvenido será.

“Me hechiza compartir con ustedes ocasiones como ésta”

“Difundir una obra magnífica, para unos o estulta para otros”

-Un escritor acepta las críticas, buenas y retorcidas-

 

Dr. HUGO JOSÉ NARANJO.-

“He sido un hombre que busca y aún lo sigo siendo, ahora no indago

en las estrellas ni en los libros, sino en las enseñanzas de mi sangre"

“Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos

que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral”

“Doctorado honoris causa y Máster - MBA Nacional e International.

“Executive en Dirección de Proyectos y Empresas”

-El Pulso del Columnista, escritor de cartas y narraciones de sueños –

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