Sin ayuno no

hay justicia

Uno se cansa

Usted asiste a esa fiesta un poco presionado por su esposa o por su novia, en vez de disfrutar el apasionante juego de balompié que ha estado esperando toda la semana, fantaseando con la compañía de una pizza y un par de cervezas. Todo se derrumba ya al entrar a la iglesia, templo o sinagoga (¿y por qué no mezquita?) ya que el niñito vestido de blanco, está corriendo alrededor del lugar como José López con maletas, ayudándose con nuestras chaquetas cada vez que quiere girar en su carrera. Por supuesto, esto se repetirá en la recepción, esta vez usando los manteles como ayuda, mientras padres y abuelos sonríen ante las ocurrencias. A medianoche (llamémosle Thiaguito) está cansado y en vez de arrojarse a los brazos de Morfeo, patalea en el medio de la pista de baile, justo cuando la novia quiere exhibir sus virtudes como danzarina moderna. ¿Dónde está el cable para desenchufarlo? -preguntan todos, excepto claro, sus padres. Finalmente, Thiago -que casi destruye la torta al manotear una porción imaginaria- cae rendido sobre la mesa que compartimos. Este momento sublime sucede a las dos o tres de la mañana. Ya es muy tarde. Usted sabe, los niños son hermosos, solo cuando son nuestros niños. Uno se cansa.

 

Mi padre, Claudio Kussman, un día se cansó. Se cansó de causas armadas, de arbitrariedades, de que la justicia no contestara, de que el gobierno no respondiera, de un secretario judicial redactando una mala obra de ciencia ficción, de ocho jueces enarbolando banderas corporativas. Se cansó de la acusación de haber intervenido en la lucha antiterrorista (Y aquí una breve acotación: Si bien no intervino, de haber visto delincuentes atacando a civiles, policías o militares, hubiera accionado sin preguntar si eran “jóvenes maravillosos” o no) Uno se cansa.

 

Cuando decidió hacer la huelga de hambre, no nos quedó más que apoyarlo. Sabía yo que no cedería, no negociaría, no haría trampas -elemento este muy utilizado por los magistrados y fiscales- por lo que la lucha se transformaba aún más en una confrontación desigual. Un portaviones contra un hombre maniatado. Las convicciones lo mantuvieron de pie y pese a que cada día durante la huelga de hambre en nuestras conversaciones telefónicas -más aún cuando sobrepasó el mes- forzaba a que esa voz de protesta pacífica se apagara, continuaba siendo el motor de su familia. Su esposa, su nieta eran prioritarias. Luego se ocupaba de su caso.

 

Más tarde Cabanillas se cansó. La primera vez que dialogué con el General Eduardo Cabanillas, me manifestó que aguardaría las elecciones y le daría un voto de confianza al nuevo gobierno con un tiempo prudencial que culminó hace unas pocas semanas. El militar pateó el tablero y se entregó a su protesta sin esperar resultados intermedios: Era su casa o la muerte.

 

La misma decisión inunda ahora a Miguel Etchecolatz. Este Ser Humano de 87 años y con un cuerpo maltratado, se cansó. Se cansó de que su familia sufriera escraches y atentados. Se cansó de que su esposa perdiera la visión de un ojo victima de los verdugos cazadores de brujas. Se cansó de una vida sin el menor respeto a sus derechos.

 

Desconozco los detalles de los dos últimos casos, pero el respeto a las personas es universal. En el peor de los casos, lo que estaba mal antes, ¿está bien ahora?

 

PrisioneroEnArgentina.com

Julio 27, 2016

Por Fabian Kussman