Venezuela es Mónaco

Un excéntrico turista visita Venezuela y se detiene en un comercio de comidas rápidas ya que el deseo de comer una hamburguesa se apoderó de él. Este turista -acostumbrado a pagar entre 1 y 4 dólares- deberá invertir entre 170 y 180 unidades de la moneda americana. Como consuelo, habrá de cerrar sus ojos y pensar que se encuentra disfrutando de una cena en un sofisticado restaurante del exclusivo y  bello principado.

Una hamburguesa cuesta 1.700 bolívares, el equivalente a 170 dólares al cambio oficial de 10 bolívares por dólar, y una noche de hotel 69.000 bolívares, es decir, 6.900 dólares.

Por supuesto que ningún comerciante pone precios tomando como referencia la tasa oficial, sino la del mercado negro, en el cual un dólar se cambia por 1.000 bolívares.

Pero también para los venezolanos que ganan en bolívares, las cosas son increíblemente caras debido a la hiperinflación en esta economía altamente dependiente de las importaciones. Incluso para la clase media, que se desliza hacia la pobreza, una hamburguesa o una noche de hotel están fuera de su alcance.

En Chacao, un barrio de clase media de Caracas, un grupo de empleados administrativos hace fila frente a una tienda de alimentos para comprar el almuerzo más barato posible. A su alrededor, los restaurantes están vacíos.

Caracas se parece a cualquier otra ciudad de América Latina, con rascacielos, autopistas de tráfico intenso y peatones que caminan de prisa. Pero una mirada un poco más atenta descubre un profundo malestar económico. Muchas tiendas, especialmente de productos electrodomésticos, bajaron sus cortinas. Tiendas de elementos de limpieza, belleza o juguetes podrían ser considerados piezas de museo. Solo la comida y los medicamentos son indispensables. Medicinas… ya no tanto. Las tarjetas de crédito son palabras malditas. Todos los comerciantes las ven como un riesgo que no son capaces de asumir.

En el mismo barrio, un moderno y elegante mall o centro comercial con varios restaurantes con terraza, un espacioso Hard Rock Café y negocios de renombre internacional como Zara, De La Renta o Armani lucen desiertos, solo sus dueños o algún empleado sobreviviente decoran los locales. Sin embargo, cerca de 200 personas hacen fila pacientemente para entrar a una farmacia, sin saber exactamente qué van a comprar, pero es la rutina de estos tiempos, hacer fila para tratar de adquirir algún producto de higiene personal de precio regulado, como por ejemplo la crema dental, antes de que se agote. Es corriente que, si usted está en el puesto 50 de esa fila, ya no lo consiga al aproximarse su turno.

Cuando no se logra adquirir los productos de precio regulado en los comercios, la única alternativa es acudir a los revendedores en el mercado negro, que los ofrecen cien veces más caros.

 

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